PARTE 1
La mañana en la residencia de Coyoacán comenzó con un aroma que no encajaba en la rutina. No era el olor a pan tostado ni al tradicional café de olla que Valeria preparaba religiosamente a las 7 de la mañana. Era el aroma invasivo de un perfume masculino, uno demasiado caro y dulce, flotando pesadamente en el ambiente.
Valeria observaba desde el pasillo. Su esposo, Alejandro, estaba frente al espejo del vestidor, acomodándose el cuello de una camisa de seda con una vanidad que hacía meses no mostraba. Se aplicó 3 atomizaciones más de loción, sonriendo a su propio reflejo con el entusiasmo de un adolescente, demasiado arreglo para un hombre que supuestamente solo iba a una “junta aburrida” en Santa Fe.
En la cocina, Valeria miraba cómo el líquido oscuro terminaba de filtrarse en la cafetera. En su mano derecha, sostenía un pequeño frasco de plástico con un gotero. Laxante líquido de acción rápida. No era el arranque de una mujer loca ni una decisión impulsiva de 5 minutos. Era el resultado de 8 meses de humillaciones silenciosas. Eran las llamadas telefónicas que Alejandro cortaba abruptamente cuando ella entraba a la habitación, las “reuniones de emergencia” que casualmente ocurrían los viernes por la noche, y el distanciamiento frío en su matrimonio de 12 años.
Pero el detonante final había ocurrido la noche anterior. Mientras Alejandro se bañaba, la pantalla de su celular se iluminó sobre la mesa de noche con un mensaje de WhatsApp: “Te espero hoy, mi amor. No olvides ponerte el perfume que me vuelve loca. Ya quiero celebrar lo nuestro”. El contacto estaba guardado astutamente como “Roberto Contabilidad”, pero la foto de perfil en miniatura, aunque borrosa, mostraba la inconfundible silueta de una mujer.
Valeria respiró hondo, sintiendo que el pecho le quemaba. Desenroscó la tapa del gotero y dejó caer 25 gotas exactas en la taza de cerámica favorita de su esposo.
—¿Ya está mi café? —preguntó Alejandro, irrumpiendo en la cocina mientras ajustaba la hebilla de su cinturón con una energía desbordante.
—Aquí tienes —respondió Valeria, entregándole la taza con una sonrisa tan plácida que le sorprendió a ella misma.
Lo observó beber. 1 sorbo. 2 sorbos. 3 sorbos largos. Se bebió el líquido caliente en tiempo récord, sin emitir una sola queja sobre el sabor. Eso le dolió en el fondo del alma a Valeria; cuando ella le preparaba el desayuno con amor, él siempre encontraba un defecto, pero hoy, cegado por la prisa de ir con su amante, ni siquiera notó la textura extraña.
—¿Y a dónde vas tan elegante y perfumado? —preguntó ella, cruzándose de brazos y recargándose en la isla de granito.
—Junta de socios —respondió él, tomando las llaves de su camioneta de lujo sin mirarla a los ojos—. Ya sabes cómo es esto, pura estrategia, proyecciones financieras, sinergia corporativa. No me esperes a comer, estaré todo el día ocupado.
Lanzó esas palabras corporativas como si fueran un escudo impenetrable.
—Que tengas mucha… sinergia —murmuró Valeria.
Alejandro salió por la puerta principal. El pesado portón de madera se cerró. Silencio. Valeria miró el reloj de la pared. Pasó 1 minuto. Luego 3. A los 8 minutos, Valeria se sentó en la sala, cruzando la pierna con elegancia, esperando.
Exactamente a los 11 minutos, se escuchó el rechinido violento de unas llantas frenando de golpe sobre el pavimento frente a la casa. Segundos después, la puerta principal se abrió de un portazo.
—¡MALDITA SEA! —rugió una voz desde la entrada.
Valeria se levantó y caminó hacia el recibidor con la expresión más ingenua que pudo fingir. Alejandro estaba doblado por la mitad, con el rostro cubierto de una capa de sudor frío, una mano aferrando su estómago y la otra apoyada en la pared, apretando las piernas de una manera patética.
—¡¿Qué diablos tenía ese café?! —gritó, con la voz temblorosa—. ¡Siento que me explota el estómago, no llego!
Valeria se llevó la mano al pecho, abriendo mucho los ojos.
—Alejandro, mi amor… ¿seguro que no es estrés por tu junta? Dicen que los nervios afectan el colon.
—¡CÁLLATE, NO LLEGO AL BAÑO! —rugió, intentando correr hacia las escaleras con pasos cortos y desesperados.
—Ah, por cierto —añadió Valeria con un tono dulce y letal—, no vayas a usar el baño de visitas, acabo de echarle ácido muriático y está clausurado.
Alejandro se quedó paralizado en el primer escalón, su rostro pasó de pálido a verde grisáceo. La desesperación en sus ojos era absoluta. El gran ejecutivo, el hombre arrogante de negocios, subió las escaleras a trompicones, perdiendo toda dignidad en cada escalón, gimiendo de dolor mientras la “junta importante” se desmoronaba en su tracto digestivo.
La puerta del baño principal se cerró con un estruendo. Desde abajo, Valeria escuchó ruidos estruendosos, lamentos miserables y el sonido de una tormenta estomacal sin precedentes. Ella sonrió, sintiendo que la justicia divina era hermosa.
Pero cuando bajó la mirada hacia el suelo del recibidor, su sonrisa se borró por completo. En su prisa por llegar al inodoro, a Alejandro se le había caído el saco del traje, y de uno de los bolsillos había resbalado su teléfono celular, el cual, por el impacto, tenía la pantalla encendida y desbloqueada.
Valeria se agachó lentamente y tomó el aparato. La aplicación de WhatsApp estaba abierta en la conversación de “Roberto Contabilidad”. Lo que Valeria leyó en esa pantalla iluminada no era un simple coqueteo ni una cita en un hotel barato. Lo que vio hizo que la sangre se le congelara en las venas y que el mundo entero dejara de girar. Era una traición tan macabra y cercana que le quitó el aire.
No podía creer lo que estaba a punto de suceder…
PARTE 2
Las carcajadas mentales de Valeria por la venganza del laxante se apagaron como una vela bajo un balde de agua helada. Sus ojos recorrían la pantalla del teléfono de Alejandro una y otra vez, incapaz de asimilar la monstruosidad que tenía entre las manos.