—A partir de este segundo, eso se acabó. Vivirás en esta casa. Te encargarás de cuidar a Mateo las 24 horas del día. Recibirás 1 salario mensual de 150000 pesos.
—Pero, señor, yo no tengo estudios, no soy psiquiatra…
Alejandro clavó sus fríos ojos en ella.
—Los psiquiatras con 10 maestrías salieron de aquí llorando y sangrando. Mi hijo se refugió en tus brazos. Para mí, eso tiene más valor que 100 títulos universitarios.
Valeria pensó en el rostro pálido de su hermanito, en las recetas médicas sin surtir y en la miseria de su hogar. Aceptó el trato sin dudarlo.
Sin embargo, lo que Valeria ignoraba por completo, era que al mudarse a esa imponente fortaleza no solo iba a cuidar la mente rota de 1 niño. Estaba a punto de cruzar 1 línea mortal y descubrir el secreto más macabro de la familia Ríos. Una traición tan oscura, que nadie podía imaginar la aterradora pesadilla que estaba a punto de desatarse…
PARTE 2
En cuestión de 3 semanas, la existencia de Valeria dio 1 giro radical. Dejó su cuarto de lámina y cemento para instalarse en 1 lujosa habitación conectada a la de Mateo. Contaba con 1 chofer privado que la llevaba a la clínica a ver a su hermano, ropa nueva y 1 tarjeta sin límite para cualquier necesidad del niño.
Pero dentro de las paredes de la mansión, el ambiente era asfixiante.
Doña Socorro, el ama de llaves, no ocultaba su repudio. Llevaba 15 años manejando la casa con mano de hierro y odiaba que 1 simple barrendera hubiera ganado tanto poder.
—A la mona, aunque se vista de seda, el código postal no se le quita —le escupió Socorro 1 mañana, mientras Valeria preparaba el desayuno—. No te creas la señora de la casa. Aquí eres y serás siempre basura.
Valeria la ignoró por completo. Su único enfoque era Mateo.
Con amor y paciencia extrema, Valeria logró lo que 50 especialistas creían imposible. Mateo dejó de tener terrores nocturnos diarios. Volvió a jugar con sus muñecos. Y 1 tarde de domingo, mientras armaban 1 rompecabezas de 50 piezas, el niño la miró a los ojos y pronunció su primera palabra en 2 años:
—Vale.
Valeria se tapó la boca y lloró de pura felicidad.
Alejandro también sufrió 1 transformación. El implacable líder criminal comenzó a cancelar reuniones y llegar a casa antes de las 6 de la tarde. Se quitaba su chaleco antibalas, se sentaba en la alfombra y observaba maravillado cómo Valeria interactuaba con su hijo.
1 noche de tormenta, Alejandro se acercó a Valeria en la inmensa cocina.
—Le devolviste la vida a mi hijo —le dijo él, con 1 vulnerabilidad que ningún otro hombre en su posición mostraría—. Y a mí, me recordaste lo que es tener paz. No quiero que te vayas jamás, Valeria.
Él acarició la mejilla de la joven. Valeria sintió que el aire le faltaba. Detrás del hombre temido, había descubierto a 1 padre devastado, 1 hombre que vivía rodeado de violencia, pero que en el fondo solo deseaba proteger a su sangre.
Pero la paz en el mundo de la mafia es solo 1 ilusión pasajera.
Al día siguiente, mientras Mateo tomaba 1 siesta, Valeria bajó a buscarle su biberón con agua de horchata. Al acercarse a la cocina sin hacer ruido, presenció 1 escena que le heló la sangre.
Doña Socorro estaba de espaldas, sosteniendo el biberón de Mateo. De su delantal, sacó 1 pequeño frasco de vidrio oscuro y dejó caer exactamente 5 gotas de 1 líquido espeso en la bebida del niño. Acto seguido, agitó el biberón con 1 sonrisa escalofriante.
Valeria retrocedió lentamente y se escondió detrás de 1 pesada puerta de roble. Su mente unió las piezas en 1 segundo.
Los estallidos de furia. La mirada perdida. Las reacciones violentas e incontrolables. Mateo no padecía de ningún trauma psiquiátrico incurable.
Lo estaban envenenando. Lo estaban drogando lentamente.
Valeria no podía simplemente salir a gritarlo. Socorro era intocable, y Valeria era solo 1 empleada. Necesitaba evidencia irrefutable. Aprovechando 1 salida al centro, Valeria compró 1 diminuta cámara de seguridad y la escondió entre los adornos florales de la cocina.
Durante 2 días, Valeria no permitió que Mateo comiera absolutamente nada que no preparara ella misma en su cuarto.
Al amanecer del día número 3, Valeria revisó las grabaciones de la cámara desde su celular.
Ahí estaba la prueba. La pantalla mostraba claramente a Doña Socorro inyectando el líquido en un plato de fruta. Pero el terror de Valeria alcanzó su punto máximo al escuchar la conversación que el ama de llaves tenía por teléfono.
—El niño ya no toma las gotas, la muchacha esa se le pegó como garrapata —susurraba Socorro con rabia—. Dile a Ramiro que el plan se adelanta. El jefe de Tijuana pagó 10000000 de dólares por ver a Alejandro destruido. Esta misma noche, Ramiro entra, sacamos al mocoso y lo entregamos al cartel rival. Y a la sirvienta la tiramos al pozo.
Valeria sintió ganas de vomitar.
Ramiro no era un simple guardia. Era el jefe de seguridad de Alejandro, su mano derecha durante 10 años. Estaban conspirando desde adentro para vender al niño a sus peores enemigos. El objetivo era destrozar psicológicamente a Alejandro Ríos para que perdiera el control de sus territorios.