—Se marca de todo —intervino Verónica, con esa voz tersa que antes lo desarmaba—. Ya está grande.
Martín alzó la mirada. La cocina de pronto le pareció ajena. No había calor, ni hogar, ni paz. Solo una tensión helada, como si las paredes llevaran semanas tragándose algo podrido.
—Deja de hablar —dijo él, sin levantar la voz.
Verónica parpadeó, sorprendida. Era la primera vez que Martín le hablaba así.
Doña Teresa quiso ponerse de pie.
—No hagas un problema de esto.
Pero él conocía ese tono. Era el tono de una persona que protegía a quien no merecía ser protegido. El mismo tono que había usado Elena cuando él la acusaba de exagerar cada comentario hiriente de su madre. Ese recuerdo lo golpeó como una cachetada.
—Mamá, mírame y dime la verdad.
Ella no pudo sostenerle los ojos.
Entonces Verónica cometió el error que terminó de arrancarle la máscara.
—Debería agradecer que la dejo quedarse aquí cuando tú no estás.
Martín se enderezó lentamente.
—¿Que la dejas quedarse aquí?
Verónica levantó el mentón, arrogante, como si todavía pudiera controlar la escena.