Julián quiso jalarlo para seguir caminando, pero algo lo obligó a mirar otra vez. La mujer levantó lentamente el rostro. Primero vio los pómulos hundidos, la piel quemada por el sol, las marcas moradas en los brazos. Después vio sus ojos.
Eran los ojos de Valeria.
Los mismos ojos cafés que lo habían esperado tantas noches en el corredor de la hacienda. Los mismos ojos que él había besado antes de salir a trabajar. Los mismos ojos que había llorado sobre un ataúd cerrado, creyendo que la vida le había arrancado a la única mujer que amaba.
La mujer intentó ponerse de pie. Al ver a Julián, pareció querer huir, pero sus piernas no resistieron. Dio 2 pasos torpes y cayó de rodillas en medio de la banqueta. La lata rodó, las monedas se esparcieron y varios curiosos comenzaron a murmurar.
Mateo soltó la mano de su padre y corrió hacia ella.
—¡Mamá!
Julián reaccionó como si despertara de una pesadilla. Se arrodilló junto a la mujer y la tomó en brazos. Pesaba tan poco que le dio miedo. Su cuerpo estaba helado, débil, como si llevara meses sobreviviendo de sobras y sombras.
—¡Que alguien llame a un doctor! —gritó—. ¡Ahora!
Un hombre salió corriendo hacia la clínica. Una señora se santiguó. Otros empezaron a susurrar que don Julián se había vuelto loco, que su esposa estaba muerta, que aquello no podía ser.
Pero Mateo le acariciaba la cara a la mujer con desesperación.
—Papá, mírale los ojos. Es ella. Es mi mamá.
Julián la llevó al hotel más cercano, el único decente frente a la plaza. El encargado, al reconocerlo, abrió una habitación sin hacer preguntas. El médico llegó minutos después y revisó a la mujer con gesto grave. Dijo que estaba desnutrida, golpeada de tiempo atrás, con fiebre y el cuerpo al límite, pero viva.
Julián se quedó sentado junto a la cama, sin quitarle la vista de encima. Mateo no soltaba su mano. Durante horas, la mujer respiró con dificultad. Al caer la tarde, abrió los ojos. Al ver al niño, una lágrima le bajó por la sien.
—Mi Mateo…
Julián sintió que se le quebraba el pecho.