PARTE 1
Encontré a mi nuera comiendo maíz crudo en un gallinero, mientras mi propio hijo decía que esa estúpida no servía para nada.
Me llamo Inés Urrutia, tengo 60 años y ese sábado de noviembre regresé a Guanajuato después de 8 años sin pisar México. Volví con 1 maleta pequeña, una fotografía vieja de mi hijo Fabián cuando tenía 5 años y una culpa que yo todavía no sabía nombrar.
El taxi tardó casi 4 horas desde la Ciudad de México hasta la hacienda familiar. Yo esperaba encontrar polvo, abandono, quizá recuerdos. Pero no esperaba encontrar crueldad.
El portón de hierro estaba oxidado. La pintura blanca de la casa se caía a pedazos. El jardín de mi madre parecía monte. Toqué el timbre 2 veces y nadie respondió. Entonces escuché un grito detrás de la casa.
Caminé hacia el antiguo gallinero, arrastrando mi maleta por la tierra. Ahí vi a Fabián. Mi hijo estaba frente a la puerta, con botas finas, reloj caro y una voz que no reconocí.
—Ya te dije que limpies todo antes de que oscurezca. Si no terminas, te quedas ahí toda la noche.
Desde adentro salió una voz de mujer, débil, rota.
—Sí, Fabián, ya casi termino.
Él soltó una risa amarga.
—9 años casado con ella y cada día se vuelve más inútil.
Sentí que las piernas me temblaban.
—Fabián.
Mi hijo se volteó como si hubiera visto un muerto. Por 1 segundo vi miedo en sus ojos, luego una sonrisa falsa.
—Mamá, ¿qué haces aquí?
No lo abracé.
—¿Quién está ahí adentro?
Su cara se endureció.
—Nadie importante. Bianca está limpiando.
—¿Tu esposa está limpiando encerrada en un gallinero?
—No está encerrada. Está trabajando. Alguien tiene que hacer las cosas.
Lo aparté y abrí la puerta.
Lo que vi me partió el alma. Bianca estaba sentada en el suelo, rodeada de plumas, excremento y comida podrida. Vestía ropa rota, manchada de mugre. Tenía el cabello enredado, las uñas quebradas y un puñado de maíz seco en la mano. Se lo estaba llevando a la boca.
Cuando me vio, intentó levantarse, pero se tambaleó.
—Señora Inés… yo no sabía que usted venía.
Me arrodillé frente a ella.
—¿Qué te hizo?
Ella negó con la cabeza, llorando.
—Nada. Yo solo estaba limpiando.
Detrás de mí, Fabián habló con desprecio.
—Mamá, no le hagas caso. Es dramática. Siempre exagera.
Me puse de pie y lo miré. Ya no vi al niño de mi fotografía. Vi a un extraño.
—Nos vamos, Bianca.
Ella miró a Fabián con terror.
—No puedo. Él va a…
—Nos vamos.
Tomé su mano. Estaba helada. Fabián intentó bloquear la salida.
—No puedes llevártela. Es mi esposa. Esta es mi casa.
—Esta casa también fue mía. Y esta mujer viene conmigo.
Subí a Bianca al auto viejo del garaje. Fabián golpeó la ventana.
—Mamá, vas a arruinarme.
Lo miré a través del vidrio.
—No, hijo. Tú ya te arruinaste solo.
Manejé al pueblo sin hablar. Bianca lloraba en silencio. La llevé primero a una fonda. Cuando le sirvieron caldo de pollo, comió como alguien que llevaba años pidiendo permiso para tener hambre.
—¿Cuánto tiempo llevabas sin comer bien?
Bajó la mirada.
—No sé. Él decía que debía ganarme la comida.
Después la llevé al hospital. El doctor me llamó aparte.
—Tiene desnutrición severa, deshidratación, moretones en distintas etapas, 2 costillas fracturadas mal curadas y cicatrices de golpes. Esto no empezó ayer.
Llamé al licenciado Morales. Le conté todo. Él fue directo:
—Si denuncia, su hijo puede ir a prisión.
Miré a Bianca dormida en una cama limpia, con suero en el brazo y marcas moradas en la piel.
—Entonces prepare la denuncia.
Esa noche, frente al Ministerio Público, firmé cada hoja con la mano temblando. La agente revisó las fotos del gallinero y el reporte médico.
—Vamos a girar orden de aprehensión.