Cerré los ojos. Sabía lo que significaba.
En unas horas, la policía tocaría la puerta de la hacienda. Y esta vez no iba a salvar a mi hijo.
PARTE 2
A las 11:18 de la noche sonó mi celular. Era Fabián.
—Mamá, ¿qué hiciste? La policía está aquí.
Su voz ya no era arrogante. Era miedo puro.
—Hice lo que debí hacer.
—Soy tu hijo.
—Y Bianca era tu esposa.
—Esto es un malentendido.
—No, Fabián. Un malentendido no deja costillas rotas.
Colgué y lloré en el baño del hospital. Lloré por el niño que crié, por la mujer que encontré en el suelo y por mí, porque 8 años antes vi señales y preferí irme.
Al día siguiente Bianca despertó. Tenía el cabello limpio, una bata azul y ojos de persona que todavía no cree estar a salvo.
—¿Es verdad que Fabián está detenido?
—Sí.
Empezó a llorar.
—Yo nunca quise que llegara tan lejos.
—Él sí quiso llevarte lejos de todos.
Le pedí que me contara. No la presioné. Solo le tomé la mano.
Bianca habló durante horas. Me contó que al principio Fabián era atento, que después de mi partida se volvió cruel, que primero le quitó el celular, luego las contraseñas, luego las visitas, luego la comida. Me contó que le prohibió hablar con sus padres de Monterrey y les decía que ella no quería saber de ellos.
—La primera vez que me golpeó fue porque contesté una llamada de mi mamá.
—¿Y nadie lo supo?
—Él les decía a todos que yo estaba enferma, confundida, cansada. Y todos le creían.
Me contó del gallinero. Empezó como castigo por romper un plato. Luego se volvió cárcel. A veces la encerraba horas. A veces días.
—Bebía agua del bebedero de las gallinas —susurró—. Comía los granos que caían al piso.
Sentí náuseas.
—Bianca, perdóname.
—Usted no sabía.
—Pero me fui.
—Yo también me quedé creyendo que iba a cambiar.
El licenciado Morales llegó esa tarde. Nos explicó que necesitaban su declaración formal.
Bianca palideció.
—¿Tengo que verlo?
—Sí —dijo él—. Pero no estará cerca. Habrá guardias.
Yo le apreté la mano.
—No tienes que hacerlo si no puedes.
Ella cerró los ojos.
—Si no hablo, puede salir libre.
—El caso será más difícil.
Bianca respiró hondo.
—Entonces hablaré. No solo por mí. Por las que siguen encerradas en casas bonitas donde nadie pregunta nada.
El domingo fui a ver a Fabián al reclusorio. Me recibió con uniforme beige, ojeras y una rabia mal escondida.
—Mamá, pídele que retire la denuncia.
—No.
—Yo voy a cambiar.
—Eso lo dijiste 8 años con cada golpe.
—Ella exagera.
Ahí se me acabó la última esperanza.
—Tu problema no es que estés arrepentido. Tu problema es que te atraparon.
Golpeó la mesa.
—¡Era mi esposa!
Un guardia se acercó.
Yo me levanté.
—Precisamente por eso merecías cuidarla, no destruirla.
El lunes Bianca entró a declarar. Yo esperé afuera 1 hora, rezando como no rezaba desde la muerte de mi esposo. Cuando salió, tenía los ojos rojos, pero la cabeza alta.