Parte 1
El golpe de su padre le partió la boca a Soledad justo cuando el hacendado más codiciado de Chihuahua acababa de decir que no quería casarse con Renata, sino con ella.
La sala quedó muda. Renata, con su vestido color marfil traído desde la capital, abrió los ojos como si le hubieran robado una corona. Doña Amalia se llevó el pañuelo al pecho. Don Ernesto, rojo de rabia, apretó la mano como si quisiera repetir la bofetada.
—¿Tú crees que voy a dejar que él te escoja a ti? —escupió—. Tú no eres hija para casarte con un Ibarra. Tú naciste para servir.
Soledad sintió la sangre en el labio, pero no bajó la mirada.
Desde antes del amanecer había estado moliendo nixtamal, limpiando los pisos de la casona y preparando mole para recibir a Mateo Ibarra, dueño del rancho Los Encinos, donde corrían más de 1,500 cabezas de ganado y donde todos los padres con hijas casaderas querían meter el apellido. Don Ernesto debía dinero a medio pueblo de Parral y veía en Renata su salvación. Renata era bonita, sabía tocar el piano y sonreía como si nunca hubiera cargado una cubeta de agua.
Soledad, en cambio, sabía parir becerros, curar gallinas, remendar cercas y trabajar 16 horas sin quejarse. Por eso mismo su familia la escondía.
Cuando Mateo llegó, no parecía el hombre elegante que todos imaginaban. Traía botas polvosas, sombrero gastado y manos de alguien que sí conocía el campo. Mientras Renata intentaba encantarlo con frases aprendidas, él miró por la ventana hacia el patio. Allí vio a Soledad cargando leña, con las manos agrietadas y la espalda recta a pesar del cansancio.
Más tarde pidió hablar con ella en el huerto.
—Vine a conocer a tu hermana —dijo Mateo, entre las matas de chile y jitomate—, pero no busco una muñeca para sentarla en una sala. Busco una compañera que no se quiebre cuando la tierra se ponga dura.
Soledad pensó que se burlaba.
—No soy refinada, señor.
—Eso ya lo vi. Y también vi que esta casa vive de tu trabajo mientras te trata como si no valieras nada.
A Soledad le ardieron los ojos.