—¿Qué quiere de mí?
—Ofrecerte una vida difícil, pero tuya. En mi rancho tendrás trabajo, respeto y parte de lo que se construya. Mi padre se opondrá. Mi mundo no será amable contigo. Pero si aceptas, nadie volverá a llamarte invisible delante de mí.
Cuando volvieron a la sala, Don Ernesto ya temblaba de furia.
—Soledad, dile al señor que esto fue una confusión.
Ella miró a Renata, luego a su madre, luego al hombre que por primera vez había visto algo más que sus manos útiles.
—Acepto casarme con él.
Renata soltó un sollozo.
—No puedes. Él venía por mí.
—Venía por una esposa —respondió Soledad—. Y yo también estoy escogiendo.
Don Ernesto la tomó del brazo con violencia.
—Vas a pedir perdón ahora mismo.
Mateo dio un paso al frente.
—Suéltela.
—Es mi hija.