Ezequiel no contestó. Separó el oro, dejó una parte para la deuda, otra para harina, sal, café, cartuchos y frijol. Luego señaló la carreta.
—Sube. Nos quedan 3 horas de luz.
Lucía subió sin llorar, porque llorar frente a su padre habría sido regalarle el último pedazo de dignidad que le quedaba. Mientras la carreta trepaba por el camino de piedra, San Jerónimo se volvió una mancha de adobe y humo. Ezequiel no habló casi nada, hasta que ella juntó valor.
—¿Cómo se llaman sus hijos?
Él mantuvo la vista en el desfiladero.
—Mateo tiene 14. Inés, 11. Julián, 8. Lupita, 5. Y Nico, 3. No esperes cariño. Solo mantenlos vivos.
La cabaña apareció al atardecer, rodeada de pinos negros y peñas filosas. No parecía un hogar, sino un lugar donde la tristeza había aprendido a encerrarse. Al abrir la puerta, un olor espeso a humo, ropa húmeda y comida podrida golpeó a Lucía. En medio del cuarto estaba Mateo, flaco, despeinado, con los ojos llenos de odio y un comal de hierro levantado como arma. Detrás de él, Inés cargaba al pequeño Nico; Julián y Lupita se escondían entre sus faldas.
—¿Quién es esa? —escupió Mateo.
—Lucía —dijo Ezequiel—. Desde hoy se encarga de la casa. La obedecen.
Mateo escupió cerca de sus zapatos.
—No es mi mamá.
Ezequiel endureció la mandíbula.
—Tu mamá está enterrada.
El silencio dolió más que un golpe. Lucía miró a esos 5 niños hambrientos y entendió que no había llegado a una casa de monstruos, sino a una casa de heridas.
Ezequiel salió a guardar las mulas. La dejó sola frente a los 5.