«No me dejes… por favor…» — le suplicaba a su esposo, pero él la castigó cruelmente por su desobediencia: la colgó sobre un río lleno de cocodrilos y se marchó. Por la mañana, el pueblo quedó horrorizado cuando todos supieron lo que le ocurrió a María aquella noche
— «Por favor… no…» — la voz de María temblaba tanto que las palabras casi se disolvían en el aire caliente de la tarde.
Antonio la arrastraba en silencio por la orilla pedregosa. Sus dedos se clavaban dolorosamente en su brazo, y María seguía intentando soltarse, aferrándose a los arbustos secos y a las piedras afiladas. Bajo las suelas resbalaba el barro, sus rodillas ya estaban raspadas, pero el miedo dentro de ella era más fuerte que el dolor.
Unas horas antes, por primera vez en muchos años, se había atrevido a llevarle la contraria a su esposo delante de la gente. Solo una frase junto al mercado:
— «Ya no te tengo miedo».
Lo dijo en voz baja, casi en un susurro. Pero para Antonio eso fue suficiente.
Ahora caminaba delante de ella con un rostro tan frío, como si no llevara a su propia esposa, sino a una desconocida.
Cuando María vio el viejo árbol sobre el río turbio, sintió que el corazón se le hundía. El agua abajo estaba inquieta. Algo pesado se movía bajo la superficie, dejando largos círculos.
Cocodrilos.
Se detuvo de golpe.
— «Antonio… por favor…»
Él no respondió.
Solo sacó una cuerda.
María empezó a llorar incluso antes de que él le atara las manos. Intentaba explicar algo entre lágrimas, prometía que nunca volvería a discutir, se aferraba a su camisa con dedos temblorosos.
Pero sus ojos seguían vacíos.