Ana siempre camina con aire de superioridad, vestida con ropa de diseñador y joyas que brillan más que su mirada fría. Ella desprecia a Doña Elena, la hermana mayor de Don Alberto, una anciana dulce que sufre de una salud frágil y que es la única que realmente cuida del bienestar del patrón.
Esta mañana, el silencio de la casa fue roto por un susurro siniestro. Don Alberto había salido a una revisión médica importante y Roberto estaba en la oficina legal revisando unos contratos de la empresa. Ana vio su oportunidad.
Escuché gritos que venían de la biblioteca, un salón inmenso lleno de libros antiguos y cuadros de antepasados que parecen juzgar todo lo que ocurre. Me acerqué con cuidado, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.
A través de la rendija de la puerta, vi una escena que me revolvió el estómago. Ana tenía a la pobre Doña Elena acorralada contra el escritorio de roble. La anciana estaba sentada, temblando, con una pluma en la mano y un fajo de documentos frente a ella.
Eran los papeles de la herencia, un testamento modificado que le entregaba todo el control de las propiedades y las cuentas bancarias a Ana, dejando a la familia de sangre en la calle.