—”¡Firma ya de una vez, anciana estúpida! Esta casa ya me pertenece”, gritaba Ana. Su rostro, siempre perfecto, estaba desencajado por una furia animal. Sus uñas largas se clavaban en el brazo de la anciana.
Doña Elena lloraba con un llanto silencioso que me partía el alma. Sus ojos, nublados por los años, buscaban una salida que no existía. —”Ana, por favor… este es mi hogar, el hogar de mi hermano… si firmo esto, me echarás a la calle”, suplicaba con voz quebrada.
La respuesta de Ana fue lo más cruel que he escuchado en mi vida. Se inclinó hacia el oído de la anciana y, con una voz gélida que me heló la sangre, le soltó una amenaza directa.
—”Si no firmas ahora mismo, te voy a esconder tus medicamentos para que te mueras de una vez y no tenga que seguir aguantando tu presencia en esta casa”.
En ese momento, comprendí que no podía quedarme de brazos cruzados. Saqué mi teléfono celular del bolsillo del delantal. Mis manos temblaban, pero logré activar la cámara. Sabía que si me descubrían, mi vida y mi trabajo terminarían ese mismo segundo, pero la justicia era más importante que mi miedo.